La calzada de las lágrimas

Memoria e historia de la destrucción del barrio de San Francisquito
Mirtha Urbina Villagómez
El barrio de San Francisquito, ubicado en la sección sur del cerro de Sangremal, de la ciudad de Querétaro, ha caminado en los últimos años hacia la consolidación de una organización asamblearia en defensa de sus territorios de vida y cultura, la Confederación Indígena del Barrio de San Francisquito (COIBSF). Ocurre frente a fuertes intereses inmobiliarios y a su inminente gentrificación, fenómeno de transformación urbana que se desprende de intereses económicos ajenos y que se traduce en un incremento acelerado de los alquileres y servicios, y el desplazamiento o expulsión consecuente de sus habitantes tradicionales. Frente a dicha problemática es que han declarado al barrio “en peligro de extinción”. Evidencia de ello son los planes y programas para su turistización, los cuales han logrado contener. Otro signo preocupante es el acelerado cambio de uso de suelo en sus perímetros, a lo cual se viene a sumar la amenaza que representa la edificación de dos grandes plazas comerciales: Latitude La Victoria y Barrio de Santiago. Es por ello que una de las demandas centrales de dicha organización es el reconocimiento jurídico del barrio como Comunidad Indígena Urbana. 
   Es oportuno recordar que a lo largo del siglo XIX, el barrio de San Francisquito se tenía por marginal respecto al casco de la ciudad, motivo por el cual fue definido por el liberal Guillermo Prieto (alias Fidel), en sus Viajes de Orden Suprema como un “lobanillo”, término que se refiere a un “tumor que se forma debajo de la piel (de la cabeza) y que generalmente no duele” o una “excrecencia leñosa que se forma en los árboles debajo de la corteza”. Así, Fidel le confería una condición social no sólo exógena sino también anómala y patológica, aunque inocua. 
   En su historia podemos reconocer una existencia siempre amenazada: las epidemias diezmaron su población; su ubicación territorial periférica le significó una sucesiva destrucción por los ataques de los rebeldes independentistas, y de las fuerzas tanto liberales como conservadoras durante el Sitio de Querétaro y, finalmente, por las disposiciones carrancistas durante el periodo revolucionario y constitucionalista. Paralelamente, Fidel describe insistentemente el autoaislamiento de sus indios, en afán de protegerse de sus explotadores españoles.
   Hace poco, algunos abuelos ya finados del barrio de San Francisquito guardaban en su memoria un duro quebranto: la división del barrio y su separación del de la Santa Cruz, con la apertura de la calzada Juárez —la actual calzada Zaragoza— durante el periodo revolucionario. Uno de ellos fue el extinto don Gerónimo Ruiz, descendiente de una familia de aguadores. 
   Esa calzada fue conocida popularmente como la “Calle de las Lágrimas”, pues su apertura significó el recorte y la destrucción de muchas casas y solares. Según la memoria de don Gerónimo, fueron tiradas sinnúmero de casitas y chocitas, y se afectaron más de mil propiedades para darle trazo y forma a la calzada. Su memoria igualmente refería que algunos desalojados demandaron auxilio a Venustiano Carranza, pero todo fue en vano, pues indolente les respondió que se refugiaran y durmieran en las iglesias (testimonio recuperado por Kike Vázquez Fernández, Historia de Querétaro).

Aguador Segoviano Ruiz, fuente pública del barrio de La Cruz. 

   Un primer recorte al barrio se dio en 1914. Corría el mes de marzo cuando el gobierno municipal dispuso sanear el Tanque del Agua para atajar las constantes enfermedades gastrointestinales y el tifo. El Regidor de Aguas pidió la autorización del gasto para adquirir 100 kilos de plomo en fibra y 50 kilos cáñamo para la compostura de los enchufes de la red general de tubería que pasaba por la ciudad. Poco después, propuso adquirir “en compra o ejerciendo la facultad de expropiar un terreno colindante con el estanque de agua y que es suma importancia adquirir para el Municipio”. Aunque no indica su extensión, se trataba del terreno adyacente “hasta donde sea necesario”. En caso de no lograr la compra, aconsejaba la expropiación inmediata “en su justo precio”. La urgencia del caso sugiere que el tanque se había construido sobre un predio que no era propiedad del mismo, pero seguramente su tamaño era muy pequeño. El Municipio aprobó la medida y dispuso además que la Comisión de Aguas siguiera pagando los sueldos del Capitán General de aguas sucias y del encargado de vigilar el Tanque y el Acueducto. 

El Tanque de Agua, en la actual Avenida Zaragoza. 

Vista panorámica desde el Tanque de Agua. A la derecha se observa el templo parroquial de la Divina Pastora, sobre la calle 21 de marzo.

Dos años después, el 2 de febrero de 1916, Venustiano Carranza declaró a la ciudad de Querétaro capital provisional de la República y asiento del Poder Ejecutivo. El año de 1917 pasó a la historia como el “año del hambre”. No era una metáfora: los expedientes judiciales documentan no sólo el vagabundaje y el latrocinio, sino también muertes por inanición. Como el de una niña de 12 años, que en abandono y muerta de hambre fue encontrada por la Estación de Ferrocarril de la Alameda. Clementina Arvizu, hija del calígrafo y escribano Perfecto Arvizu Arcaute, autor del primer manuscrito de la Constitución de 1917, nos narró una historia de aquellos difíciles tiempos: una señora del barrio sacó para compartir un caldo con carne, todos comieron, pero al final de la olla estaba el rabito de un perro. 
   En ese año de 1917, Carranza dispuso ensanchar dos calles para dar lugar a dos calzadas: la de Belén, hoy Ezequiel Montes, y la de Juárez, hoy Zaragoza. Algunos sostienen que pretendía emular al Paseo de la Reforma, de la ciudad de México. Es decir, que dicha remodelación urbana tendría un fin “modernizador” y “estético”. Quizá su propósito fuera dar libre tránsito al ejército del Cuartel Militar. Con todo, la calle de Juárez, además de estrecha, sólo iba de la Alameda Hidalgo (calle de la Tauromaquia y Buenas Mudanzas) hasta Belén. Así que decidieron ampliarla a expensas de la banqueta sur, y extenderla en línea casi recta hasta el Tanque del Agua, derribando lo que hubiera a su paso. Algunas casas sólo fueron recortadas y fue preciso reconstruir sus fachadas en los nuevos límites. Pero en otros casos, significó la demolición total de casas y la evacuación. 
   Como parte de esta remodelación urbana, y para dar continuidad a la vía, en febrero Carranza mandó al ingeniero Salvador Álvarez Martínez de Castro romper la tapia en el extremo de los Arcos, para abrir un arco nuevo, el 75º, apodado popularmente como el “sietemesino”. Ello también afectó a la población, pues la dejó sin agua por siete meses.

El acueducto, antes de la apertura del arco número 75.

El arco número 75, abierto en febrero de 1917, de orden del presidente Venustiano Carranza.

 Pese a las dificultades económicas provocadas por el movimiento revolucionario, el 28 de marzo, el gobernador y general carrancista Federico Montes, “donó” (del erario) 25 mil pesos para ejecutar la prolongación hacia el Tanque. También nombró a una comisión para indemnizar a los afectados. Al finalizar el año iniciaron las afectaciones en el barrio de San Francisquito. 
   Poco después fue nombrado Gobernador provisional y Comandante militar del estado el General Emilio Salinas. El 30 de junio de 1917 rindió el informe de su breve gestión de gobierno y entregó el cargo a Ernesto Perrusquía. Por su informe podemos precisar que las indemnizaciones iniciaron en noviembre de 1916 y que al término de su gestión se habían resuelto favorablemente 123 solicitudes, las cuales implicaron negociar pagos vencidos de contribuciones, impuestos y multas “de las fincas que han sido demolidas en parte, para embellecimiento de la ciudad y ampliación de calzadas”, o incluso, reducciones de los valores catastrales de algunos predios “por haberse valuado de nuevo por ingenieros nombrados por el Gobierno y la parte interesada; cinco eximiendo del pago de los impuestos a profesionistas que no ejercen su profesión; y por último, en cuatro casos se condonaron los adeudos por un principio de equidad y justicia”.
   Pese al hambre existente, en el informe del gobernador Salinas están: el aseo, poda y conservación general de la Alameda Hidalgo y los jardines públicos, así como la instalación en calles de pavimento impermeable. En el jardín Zenea se instalaron bancas provisionales de madera, en tanto se podían sustituir por unas de hierro. En sus lados del Norte y del Sur se instalaron dos pequeños kioskos “bien decorados”. Además, se limpió la cantera del kiosko grande y se pintaron los candelabros del alumbrado público. En los otros jardines se realizaron las mismas mejoras y se colocaron cerca de 8 mil plantas. En la Calzada de los Arcos construyeron 500 metros cuadrados banqueta a uno y otro lado. Una obra necesaria fue el desazolve de las acequias, la limpieza de canales y el sellado de fisuras desde el origen del agua hasta la fábrica de Hércules, pues sus filtraciones reducían notablemente el volumen de agua. Además, en la calle de la Buena Muerte (Puente de la Constitución) se reconstruyeron varias casas demolidas para su ampliación, y se plantaron treinta cedros. En la ampliación de “Belén”, se transportó todo el escombro, se reconstruyeron albañales y acequias, se niveló y pavimentó la calzada y las banquetas.

Plano levantado de orden de Venustiano Carranza, y que muestra la apertura de la Calzada de Juárez, hoy Avenida Zaragoza.

En septiembre de 1917 se dictaron disposiciones para reubicar a los damnificados de la apertura de las Calzadas Juárez y Belén en los límites de la ciudad, en terrenos del municipio. En la sesión ordinaria del 10 de septiembre, se aprobó cederles parte de los terrenos ubicados al oriente de la Alameda, y que el gobierno “por su cuenta” les construyera y cediera una serie de casas.
   El 26 de enero de 1918, el presidente del Ayuntamiento informó que ya se estaba gestionando la devolución de los solares propiedad del municipio y que estaban en poder de los soldados del Cuerpo de Seguridad, refiriéndose probablemente al Cuartel Militar. También, que era necesario marcar los límites de la Calzada de Juárez, porque se le habían “(acer)cado algunas personas propietarias de dichos terrenos (soli)citando se les permitiera volver a reconstruir el terreno que aún les quedaba”. Al día siguiente, varios propietarios de casas demolidas en la prolongación de la Calzada Juárez exigieron se les indemnizara:
   El 26 de septiembre, La Sombra de Arteaga publicó el Decreto Núm. 19 del Congreso del Estado, cuyo único artículo dispuso que la indemnización no sólo comprendería a los damnificados del barrio de San Francisquito, sino también a los demás perjudicados por el derrumbe de sus casas “en que esta ciudad fue capital de la República”, lo cual permitía incluir a los de la Calzada Belén.
No obstante, el 1o. de octubre de 1918, una convocatoria dispuso que la reubicación de los damnificados estaría condicionada a presentar ante la Junta las escrituras de sus solares y documentos probatorios de propiedad, en un plazo no mayor de quince días, transcurrido el cual, perderían el derecho de toda reclamación. Cinco días más tarde, la Secretaría General de Gobierno insistió en ello, convocando a los afectados de San Francisquito.
   Siguiendo las Efemérides de Valentín Frías, un día después, el 6 de octubre de ese año, ocurrió el primer caso en la ciudad de la peste de influenza española. Como hoy, se dispuso el aislamiento de las familias en sus domicilios, para tratar de contener la voraz epidemia. En la tercera semana de octubre se contaban 130 muertes diarias. Para el 28 de noviembre, había registradas 2 mil 847 defunciones, “sin contar los de fuera”, y los muchos que no fueron registrados. Los habitantes de los barrios de la ciudad fueron presa fácil dada su pobreza y duras condiciones de vida. Los panteones colapsaron y se abrieron nuevos, pero los muertos yacían en campos y caminos. Cuando menos, murió un 10 por ciento de los 33 mil habitantes.
   Un año después, volvemos a encontrar noticias. En septiembre de 1919, el Ayuntamiento cedió por unanimidad parte de sus terrenos al oriente de la Alameda Miguel Hidalgo, a un civil y 3 militares:  el general Francisco J. Enciso, el coronel Arnulfo Cárdenas, el Mayor Jorge Landa y Simón Miranda Gasca. Bajo la condición de que “los cesionarios principiarán a fincar en los terrenos de que se trata, dentro de dos meses contados a partir de la fecha de esta escritura; en la inteligencia de que si no lo hicieren, perderán a favor del Municipio, todo el derecho sobre el predio cedido”. Los terrenos eran contiguos a la Cervecería Querétaro S.A., y eran parte de la proyectada colonia Miguel Hidalgo.
   El 19 de septiembre, los agraciados comparecieron ante la notaría de Manuel M. Aguilar, y con la presencia de Manuel Anaya hijo, como representante del Ayuntamiento, para realizar formalmente la cesión. Los beneficiarios fueron representados por Gasca, quien vivía en la calle de Belén. Queda caro que él sí estaba siendo indemnizado, pero muy posiblemente los otros no. Éste presentó el certificado extendido por la Secretaría del Ayuntamiento, donde constaba que la dotación se decidió en la cesión del 12 de julio.
   El plano de la lotificación fue elaborado por el ingeniero de la ciudad Eduardo Escoto. Llama la atención que aunque los lotes eran 15, todos se repartieron entre los 4 beneficiados: Miranda Gasca recibió 3 lotes (1, 2 y 3) en la Carrera de Callejas; Enciso, 4 lotes (4, 5, 10 y 11); Cárdenas, 8 lotes (6, 7, 8, 9, 12, 13, 14 y 15); y Landa, 3 lotes (16, 17 y 18). Los linderos de los lotes de Gasca eran: al Norte y Oriente la Carrera de Callejas, al Sur los lotes 4 y 10 de Enciso y al Poniente la Alameda. Sus medidas eran: 45 metros al lado Poniente y al norte (supra: Oriente) seis metros, y al sur 35 metros. 
Los afortunados fueron eximidos de gravamen, no así de los gastos del contrato. Por el momento entrarían sólo en posesión de los predios y sólo al cumplimiento de la condición impuesta podrían extender su escritura. Pero, en el acta de la sesión de cabildo del 31 de octubre, los beneficiados hicieron constar que ya habían abierto las cepas y levantado los cimientos de las fincas. Las casas siguieron el patrón proyectado de la colonia: estilo “chalets”. Algunas aún se conservan.

Chalet, calle Michoacán No. 2, Colonia Miguel Hidalgo.

Chalet, calle Guanajuato No. 2b, Colonia Miguel Hidalgo.

Originalmente, el proyecto de la colonia Hidalgo intentaba “blanquear” y embellecer el lado poniente de la Alameda con viviendas “estilo suizo”. El proyecto se remontaba a 1906 cuando el municipio decidió ceder una franja de terrenos a costa de la Alameda para ello. No obstante, la cesión de los terrenos para un hotel (Colón esquina con Avenida Zaragoza) forzó a modificar el proyecto al lado oriente de la Alameda. 
   Aunque, de hecho, ya existían cinco “casas de arrendamiento para gente decente” (Calle Colón). Cuatro de ellas fueron construidas por el General Francisco Álvarez, como parte de la sociedad nombrada Hermanos Álvarez, que poseía una fábrica de finos mosaicos. Durante el periodo nombrado “preconstitucional” (1914-1916) los habitantes de la ciudad padecieron los estragos causados por los ejércitos avecindados en el Cuartel ubicado al poniente de la Alameda y en sus inmediaciones. Las fuerzas militares instaladas en el Cuartel Militar aledaño, sin explicación alguna, derrumbaron 3 de las 4 lujosas casas de la calle No. 77, es decir, de la calle Colón, las cuales tenían agua, luz y timbre eléctrico. Sus cocinas tenían “boiles”, “fregaderos de lámina y parrillas modernas en el bracero”. Las piezas de baño contaban con tinas y lavabos.  y hasta “boyles”. La casa que sobrevivió contaba con nueve piezas. De acuerdo con el inventario levantado de cara a la solicitud de indemnización de las casas derruidas, contaba con: una sala, un despacho, un baño, un excusado inglés, dos recámaras, un comedor, una cocina, un patio principal y uno segundo chico, un cuarto de criados y lavaderos. “Todo en perfecto estado y comodidad e higiene por estar destinadas a casas habitación”. Los materiales eran de primera calidad, subestructura de piedra y mezcla hidráulica, y la superestructura de ladrillo, cemento y mezcla común, techos de viguería de madera de buena clase y la cubierta de ladrillo y mezcla, los pisos en su totalidad de mosaico de primera clase, ventanas “de claro oscuro, con vidrios de tamaño regular y las puertas de paso son de madera, la casa está dotada de agua potable, teniendo su cañería de fierro para dar el agua a los diferentes departamentos, el decorado es de papel tapiz y cielos rasos en todas las piezas”. 

Vista de la ubicación de las casas derruidas por las fuerzas constitucionalistas, y del predio cedido para la construcción del Hotel, al poniente de la Alameda..

Plano levantado para la ubicación y valuación de las derruidas por las fuerzas constitucionalistas al poniente de la Alameda.

Vista panorámica del lado poniente de la Alameda.

Cabe destacar que otro chalet aledaño a la Colonia Hidalgo, fue propiedad de Perfecto Arvizu Arcaute, el calígrafo y escribano de la Constitución de 1917. Esta casa alberga hoy un restaurante y es conocida como “La Finca”. El lote era grande, pero se fue fraccionando posteriormente. Por ello, podemos inferir que algunas dotaciones fueron recompensas a servicios prestados durante el periodo revolucionario. No en balde en la memoria popular se acuñó la frase: “Ya carranceó”, para decir que traicionó o robó. 

Perfecto Arvizu Arcaute, profesor De Caligrafía En El Colegio Civil. Tras la promulgación de la Constitución de 1917, a instancias Del Constituyente José María Truchuelo, elaboró El manuscrito De La Carta Magna. 

Chalet conocido como La Finca, propiedad de Perfecto Arvizu Arcaute, actualmente Restaurante Rincón Colonial, calle de las Artes, San Francisquito.

   En los casos referidos no se trata de los damnificados del barrio de San Francisquito. Quizá algunos recibieron un pago en efectivo y otros nunca fueron indemnizados al carecer de escrituras. Pero, llama la atención que en la calle de Industria, a pocos metros de la Alameda, sobreviven una serie de pequeñas viviendas con el mismo patrón de construcción. Posiblemente estas fueron las construidas por cuenta del Ayuntamiento para los afectados del barrio de San “Pancho”. En la memoria comunitaria sólo se preservará la historia del terrible despojo.