Queretana

La derecha queretana durante la guerra fría en Querétaro

E. M. Zaragoza
Dice Kuhn que al historiador le corresponde determinar en qué momento y quién o quiénes descubrieron o inventaron los hechos que pueblan nuestra historiografía. Y como cada sociedad tiene su régimen de verdad, esto es, los tipos de discurso en los que se acepta y hace funcionar la verdad, es fundamental establecer las relaciones de poder, no siempre explicitadas. Al ir tras los vestigios estamos yendo hacia los procesos comunicativos de la sociedad. 
   Corrientes de la historiografía reciente fijan su atención en los esquemas de observación para construir la realidad. Resulta relevante, pues, observar cómo se observa. Esto implica asumir a la lectura como un acto creativo en sí mismo. Preguntémonos qué es leer, cómo leemos los papeles viejos, cuáles elegimos y cuáles discriminamos, cómo leemos nuestro tiempo, cómo leemos los testimonios, cómo hacemos para distinguir cuándo una persona se está calumniando a sí misma para meterse a codazos a la historia.
   La interpretación histórica es posible sólo cuando se produce el contraste con otras interpretaciones. Como detrás de todo acto historiográfico hay que explorar la intencionalidad interpretativa, un libro de historia no contiene la realidad, es sólo parte del inventario de relatos. Al pasado ya no tenemos acceso, acaso apenas a sus ruinas. 
   El libro Querétaro en pie de lucha. Memorias de las izquierdas y las luchas sociales en Querétaro puede leerse como un reportaje gigante o como la biografía de la guerra fría en Querétaro. A contraluz, hay un retrato de la derecha local. Es un inventario de la amplia gama de luchas, que en conjunto funcionan como una autopsia de la sociedad queretana. Es una reflexión sobre nuestro pasado reciente, entre sus páginas están esparcidas algunas de sus vísceras. Aquí está parte de la historia negada, invisibilizada. 
   Kevin Simon Delgado se aparta de los cronistas que sin aparato crítico ni rigor académico saltan entre anécdotas y secretos de alcoba, donde la historia parece una fábula que enfrenta a héroes y villanos. Se ocupa de la historia contemporánea desde un ángulo distinto: más allá de las intrigas del poder, explora las disidencias y el poder de la energía social. Él mismo confiesa que nunca creyó encontrar tanto sobre el filón de su interés en un estado tan conservador. Aunque se ocupe de los años 50 a los 80, desde luego que participa resueltamente en la disputa del presente, pues es justo cuando emerge la configuración urbana moderna. De este modo, este libro es parte de la fundación de nuestro pasado local. 
KSD; Pie de lucha, libro - copia
Allá por 1979 inició el gobierno de un cacique sindical, líder vitalicio del sindicato de la radio y la televisión. Hombre de formas rústicas, carente de títulos académicos, sombrero y un puro que le llenaba la boca. No fue el candidato de la élite local, fue el candidato de los poderes centrales. En tono de desprecio, a la élite local le complacía llamarlo El Negro. 
   Pero El Negro y la élite local compartían un desprecio común por la izquierda y las luchas sociales. Tanto, que hace 40 años proclamó una frase que merece el oro del muro de honor en el Congreso. Dijo: “en Querétaro no hay oposición y aquí el único que hace política soy yo”. El Negro había relevado a un hijo de la élite local, ese sí, hijo legítimo, Antonio Calzada Urquiza, con quien también compartía el desprecio por los disidentes. “¿Mis críticos? ¡Borrachines de La Flor de Querétaro!”, decía. 
   La oposición social y política, con todo y su dispersión y atomización, era formada por algo más que borrachines. 
   En este libro se hace concurrir a las distintas voces, a veces discordantes o contradictorias entre sí, comprensibles por la ubicación de los propios actores y por la disputa del espacio escénico. En al menos cuatro episodios, aparecen los universitarios como foco de disidencia: Autonomía, Patio Barroco, Voz Crítica, y movimiento normalista del 8 de mayo. 
Por ejemplo, tratándose del movimiento de la autonomía, a 60 años de distancia, el libro ofrece pistas sobre las varias batallas simultáneas que se libraban en el subsuelo. Desde quienes dibujan con voz engolada a estudiantes heroicos y visionarios hasta quienes veían en la movilización un mero acto de defensa de Fernando El Chayote Díaz, que pretendía permanecer cien años al frente de la Universidad. 
   Resulta hasta simpático. Rogelio Garfias Ruiz dice que la idea de la autonomía provino de Manuelito Lozada. Antonio Jaramillo, que la propuso Héctor Pastrana. Manuel Robles Ordóñez dice que fueron los dos al mismo tiempo. Hernández Palma se la atribuye al potosino Óscar Rivera. Gabriel Rincón Frías desliza que pudo ser Guadalupe Ramírez Álvarez. Bueno, hasta el propio gobernador Juan C. Gorráez se adjudica la idea de la autonomía. Dice que les dijo algo así como no se dejen manipular por El Chayote Díaz, busquen un ideal, yo se los doy, y les ofreció la autonomía. 
   Igual combate de interpretaciones podemos ver con los hechos del 10 de junio de 1975, cuando precisamente sobre el Aula Magna de la UAQ fueron arrojadas dos bombas molotov. No faltó quién viera ahí un atentado contra la autonomía, quién lo atribuyera al aniversario del halconazo, hasta quienes lo vincularon con disputas más domésticas, como la elección del director de la prepa. 
   Si la reconstrucción histórica es una empresa cuesta arriba, hacerlo con acontecimientos recientes acaba aturdiendo. Por ello, se vuelve crucial la crítica de nuestras fuentes. La prensa no refleja la historia, es una versión editada de los hechos. Las distintas empresas que se dedican a la producción y circulación de noticias, tienen dueños y los dueños tienen negocios y defienden o combaten proyectos. No son observadores imparciales, son parte del juego político. 
   Por lo que toca a los informes de la secreta, cuenta Kevin que una asesora suya le recomendaba descartar los documentos de la Dirección Federal de Seguridad, pues sus informes se nutrían de rumores de cantina. Tiene en parte razón. Por eso, es necesario separar la materia útil del embarradero. Con esos informes sucede lo que decía un amigo a otro en el bar: dame un nombre y yo pongo la calumnia. Y ahí lo vemos: Jaime Zúñiga Burgos aparece como “maoísta” y Eduardo Sánchez Vélez como de “extrema izquierda”. El rector es “culto pero ambicioso”. Y bueno, informes como el rendido sobre el licenciado J. Guadalupe Ramírez Álvarez no sólo invaden la vida privada, sino que maliciosamente destruyen reputaciones. 
   Más que nunca es pertinente ocuparnos de las luchas sociales y de la izquierda, tanto la académica como la social. No sólo por el ascenso electoral del partido-movimiento que en 2018 se hizo de buena porción del poder en todo el territorio nacional, sino porque por mucho tiempo el activismo social y de izquierda fue arar entre piedras. 
   Y no son pocos los que pagaron costos altos. Aquí tenemos a un desaparecido político, Arnulfo Córdova Lustre (el único queretano en la lista de Eureka). Varios conocieron la cárcel, como Salvador Cervantes o Martín Rueda. Ahí están los esfuerzos sobrehumanos de organizadores sociales Salvador Canchola. O la represión de baja intensidad como la aplicada contra el estanquillo de los socialistas en la alameda. 
Veo aquí también una autobiografía de la guerra fría, un autorretrato del anticomunismo local. 
   Por cierto, la primera alusión a la atmósfera anticomunista imperante en Querétaro nos remite al mismísimo Hugo Gutiérrez Vega, en su época de fogoso líder juvenil del PAN. Hablaba de la “conjura internacional comunista” y decía que su partido debía estar pendiente de “las órdenes del Papa para combatir al comunismo en México”. Ya el tiempo se ocuparía de hacerlo virar hacia la izquierda. 
   Este libro hay que llevarlo al cine. Tiene imágenes de poderosa calidad cinematográfica. 
   Es cosa de cerrar los ojos y trasladarse a los días del conflicto ferrocarrilero. La primera plana del periódico de un día de agosto de 1961: “Intensa campaña en contra del enemigo número uno de la humanidad: el comunismo, se ha desatado en nuestra ciudad, al igual que en el resto del estado. Los queretanos católicos amantes de la libertad y de nuestras tradiciones, se han unido en un poderoso bloque para defender a capa y espada a la Patria de los embates del comunismo ateo”. 
   Luego, una peregrinación de Tequis al santuario de los Dolores de Soriano… ¿para qué? Sí, para “combatir” el “cáncer del comunismo”. Más allá, trasládense al despacho del filósofo más encumbrado que ha dado esta tierra, Antonio Pérez Alcocer, que se entregó en cuerpo y alma a rastrear “los orígenes del comunismo ruso”. 
   Si no son suficientes esas estampas, van otras. Trasládense a la curia diocesana y vean al obispo Toriz ordenando la instalación de vigías en las torres de la ciudad, con rifles y escopetas, pues a sus oídos llegó el rumor de que el comunismo venía ya por Morelia. Luego imaginen al mismo obispo sentado delante del rector de la Universidad: “Señor Rector ¿a qué religión cree usted que pertenece la casi totalidad de la población de Querétaro?, y el rector contestando: ‘indudablemente que la católica, señor’, y la orden del obispo: ‘entonces, Señor Rector, la población de Querétaro exige una universidad católica’. 
   Más. Imaginen a un joven abogado, hijo del fundador de la Universidad, mejor conocido como El Chayotito, a sus tiernos 26, volando a Cuba para colaborar en la defensa jurídica… sí, ¡de los batistianos! Como para el espíritu poco importa el rigor cronológico, imaginen luego a los miembros del Club de Leones formados al pie del Cerro de las Campanas en un acto de desagravio a la bandera nacional. 
   El reparto de esta película incluiría a otro actor imprescindible: Manuel de la Isla Paulín. Era el integrante más joven del comité local del PAN, imagínenlo al lado del secretario general, de nombre Diego Fernández de Cevallos. Luego imagínenlo arrodillado contrito durante la misa por el eterno descanso de Benito Mussolini, en la que pronunció una encendida oración fúnebre. 
   Desde luego, no podrían faltar los niños voceando la de ocho: “Alerta en Querétaro contra el comunismo”.  Sí, porque en el cultivo del anticomunismo queretano, hay que decirlo, con la excepción notable de La Corneta, la prensa no se anduvo por las ramas. El Diario de Querétaro, alineado siempre a la gramática oficial, habló de “conjura comunista internacional” a cargo de “extranjeros” y “agitadores profesionales” de “filiación izquierdista”. Los líderes estudiantiles eran “revoltosos”, “vandálicos”, “alborotadores” y “terroristas”. 
   Bueno, dos meses antes de la matanza de Tlatelolco, Rogelio Garfias sería el primer periodista local en lanzarse contra los jóvenes insumisos y se plegó al discurso de Díaz Ordaz. No sería esto relevante si no se tratara de uno de los antiguos líderes del movimiento de huelga por la autonomía. Y no faltó la abyección de un semanario llamado Buzón Queretano, que en un editorial se dirigió al presidente Díaz Ordaz: “Estamos con usted. Nuestro Señor Presidente es sabio para gobernarnos. Por eso, él manda y nosotros le obedecemos. Que Dios lo guarde”. 
   Amén.