¿Vanidad o comunicación?

Luis Durán
Pensar la comunicación como un proceso de tres partes (el típico esquema que supone los elementos de emisor, canal y receptor) no es suficiente para establecer por qué hoy en día a las sociedades les cuesta más trabajo comunicarse entre sí, a pesar de las tecnologías y el desarrollo que se ha tenido en la comunicación a distancia y todas sus aplicaciones. 
   Podemos pensar que el problema puede provenir de la importancia tan desmedida que se le ha dado al canal de comunicación, pues al hacerlo se han dejado de lado a los demás elementos sustantivos de este proceso. Tal parecería que tratar de entender al que está queriendo decirnos algo no está en la agenda de los comunicantes. Se ha establecido, derivado de un sistema de competencias que presupone el sistema meritocrático, ponerse por encima del otro. Es decir, antes de escuchar y de poner atención, se trata posicionarse por encima. 
   Podemos pensar que uno de los elementos que más se observan en este ruido que genera en la comunicación es la vanidad, cada vez más exacerbada. Habría que tener claro que el canal comunicación es sólo uno más de los elementos que entran en el complejo sistema de comunicación, sistema donde caben infinidad de fenómenos lingüísticos, situacionales, sociohistóricios y hasta psicológicos. Una no es estos fenómenos, propio de nuestros tiempos convulsos y revueltos, es la manifestación misma de un desequilibro desmedido a ser mirado en “nuestras mejores garras” o en nuestras mejores poses.
   Primero nos miramos al espejo (acción ahora llamada selfie) y si no nos gusta lo que vemos, la modificamos hasta regular a nuestro antojo lo grande de nuestros ojos, lo carnoso de nuestros labios, lo voluptuoso de nuestro cuerpo. Eso hace más fácil el mostrarnos (aunque estemos dejando de ser lo que somos).
   Pero no sólo en las fotografías hay filtros para verse uno bien; ahora está de moda sumarse a las causas sociales del momento. Ahora todos somos feministas, pro indigenistas, activistas medioambientales, ciudadanos comprometidos con los adultos mayores y nuestra gran tarea es la construcción de un país mejor. 
   Pero entonces, ¿en este panorama qué lugar ocupa la comunicación? Pienso que se pierde en un lugar lejano, arrebatada la comunicación de un primer término y la sustituye un afán de estúpida vanidad. Schopenhauer nos dice que la vanidad “es la necesidad de despertar convicción en otros”. Convicción de parecer exitosos, inteligentes, guapos, convicción de parecer cualquier cosa que necesitemos creer que somos… En estos tiempos que corren, se predica como culmen social la perfección estética; hacemos ver que nuestro estilo de vida parezca despreocupado, que no hay deudas, que viajamos sin temor a que en el camino padezcamos la violencia que se vive en el país y en el mundo; y publicamos frases de literatos y filósofos con apellidos impronunciables (es cuando se asoma la vanidad en forma de una gran capacidad de conocimiento sobre infinidad de temas profundos). Hoy en día nuestros modelos de comportamiento son los de la aristocracia y los de la élite por nacimiento, nos creemos ser parte de la élite del mérito y de los profesionales de la política y de las finanzas; además de las personalidades del mundo del espectáculo, como los cantantes, deportistas y modelos.
   Pero entonces, ¿por qué las redes sociales no están vacías? Justamente porque la vanidad necesita de vanidad, ella se alimenta de sí misma. Dice Ortega y Gasset que “el vanidoso necesita de los demás, busca en ellos la confirmación de la idea que quiere tener de sí mismo”. El vanidoso da el laic a la publicación no para darle su reconocimiento al otro, sino para que el otro responda con su laic a su publicación; sin embargo, en un primer momento se siente herido, pero sabe que pronto será redituado. Pero como se intuye, en este proceso no se busca al “otro”, al real, al que nos puede devolver la comunicación y que está delante (aunque sea electrónicamente).
   Para comprender un poco más el avance en las comunicaciones, es preciso tener en cuenta la evolución de nuevas estructuras que el hombre inventa y que le permiten acoplarse en el lugar que desea vivir; es decir, la cosmovisión de una nueva realidad, integrada en el contexto y la necesidad, se vuelven normas indispensables de convivencia y acoplamiento, formados en la inteligibilidad estructural de la idiosincrasia de cada pueblo o sociedad. Su entramado constitutivo codifica y regula el flujo elemental de las nuevas integraciones y aportes, de otro modo sería incomprensible una estructura en el trato de las personas de un grupo social. Con lo anterior, es necesario precisar en lo que dice Román Gubern en su libro El eros electrónico, quien especifica claramente el aporte de la historia moderna en la enseñanza de que siempre que hay un desfase material o desarrollo innovador, ya sea en el ámbito económico, político, cultural y/o moral, suele resultar catastrófico, no porque sea nocivo para la sociedad, sino porque sus costumbres y entramados sociales cambian de una manera tan rápida, tan avasallante como el mismo progreso tecnológico ahora en nuestros días.
   Cuando se comenzaban a popularizar las redes sociales surgieron estudios sobre el desdoblamiento de los usuarios en las plataformas digitales; estos estudios suponían que la vida de las sociedades actuales se convertiría poco a poco en una “realidad virtual” y que era en las plataformas virtuales donde podría quedar aislada y marginada. Esto supone, en un primer momento, que se tendrían que suplir de alguna forma las necesidades inherentes de comunicación y contacto físico; estas necesidades, por lo tanto, quedarían virtualizadas. 
   Siguiendo el pensamiento de Gubern, el hombre, como animal cultural o simbólico, es propenso a actuar de dos formas ante los nuevos avances tecnológicos y materiales que se presentan. Uno es la tendencia neofílica, es decir, es aquella tendencia a sentirse atraído a la exploración y la novedad, opuesta claramente al conservadurismo y las formas tradicionalistas de los preceptos sociales; la otra es de tipo totalmente contraria: la neofobia, que es una resistencia al cambio; aquí entra principalmente el miedo a lo desconocido y a los nuevos avances tecnológicos. Aunque es preciso decir que en los dos casos imperan, como en todas las cosas, una doble moral, que a su vez ocasiona una paradoja que lo convierte todo en un círculo vicioso del que es imposible aislarse.
   Pero más allá de estas dos visiones, pareciera que el hombre contemporáneo, con el servicio y la facilidad de todas las nuevas tecnologías, se ha convertido en el hombre solo y vanidoso, sin comunicación, en medio de la electrónica, frente a un espejo de unos y ceros. Los avances tecnológicos han venido a ocupar un lugar en el cómodo hogar familiar que ha cambiado las charlas de sus integrantes por programas, canales televisivos, soledades tan cercanas, vanidades tan lejanas, pláticas inocuas de contenido meramente superficial referente a los artistas de cine o estrellas de televisión. En su momento, la radio vino a llenar el silencio del hogar mientras las amas de casa estaban haciendo sus labores domésticas, y se les escurrían las lágrimas mientras escuchaban las radionovelas o se divertían con los programas patrocinados por empresas extranjeras, en los cuales ganaban premios. Todo lo anterior por el miedo al silencio. Desde entonces, nada ha cambiado.
 En internet se observa, sin embargo, un verdadero punto de encuentro entre las personas, no como tradicionalmente se daba, pero sí con un amplio panorama libre para explorar. En él se adquiere el anonimato o la creación de la persona que más gustaría ser; la desinhibición se hace presente con la distancia y el no contacto con la persona, la vulnerabilidad de las mentes tímidas en la vida cotidiana adquiere poder en el sólo hecho de comunicarse mediante letras, despojadas del contexto subjetivo de enunciación, entonación y gestualidad que acompañan al lenguaje cara a cara con la persona. Esto trae como consecuencia que la imaginación se desborde en un infinito mundo de posibilidades al interpretar las palabras escritas. Esta sociedad se masturba con las palabras traducidas en letras, al mismo tiempo que escribe con la otra mano lo más rápido posible, para que la otra persona, en el otro ordenador, considere, a su vez, las letras como un medio para que penetre lenta y abrumadoramente en su vagina sedienta de deseo frustrado, de manos que no tocan, de fluidos que pudieran recorrer todo su cuerpo. Puedo decir, con temor a equivocarme, que esta sociedad es el “pueblo del erotismo frustrado”.
   Y aunque este déficit se intenta subsanar a través de la algarabía mediática, es cada vez más difícil poder llenar ese vacío, esa soledad electrónica que es producto de la “era de la comunicación”. Y ahí, detrás de la comunicación, si se observa más fijamente, se podría observar claramente la vanidad de sus usuarios. 
   Hoy en día, la vanidad es la que rige el sistema de comunicación en el mundo virtual de las redes sociales. Prácticamente son irreconocibles las personas en el mundo real si sólo las hemos visto anteriormente en sus fotografías publicadas en internet. Además, en las redes sociales todos somos unos sabios, todos somos guapos, todos somos exitosos y todos somos las personas más queridas, con la mejor familia y las mejores mascotas, con los mejores productos del mercado… y todo por vanidad. 
   Los que hayan visto la película de Psicópata americano (2000) encontrarán en ella un punto de anclaje con lo que se dice en estas líneas. Tal vez no existan tantas personas al borde de la locura para decidir matar a alguien por traer una tarjeta de presentación más bonita, pero puede servir como ejemplo absurdo para ilustrar lo que sucede de otra manera en las redes sociales… baste leer la sinopsis de la película: “Patrick Bateman es un hombre exitoso y obsesionado por la competencia y por la perfección material, quien utiliza los más caros cosméticos masculinos, equipos de gimnasia, solárium y demás maquinaria estética para lograr un cuerpo atlético y bien acicalado, identificador material del éxito social”. 
   Si pensamos que la comunicación existe como un complejo sistema donde los individuos, seres humanos insertos en un entorno social, está siempre encaminada a perseguir objetivos también sociales, o que la comunicación puede ser la unión o relación que se establece entre personas, entonces creo que somos personas cada vez más incapaces de comunicarnos, pensando saciar una vanidad estúpida. Y quedamos sordos y ciegos, insensibles al mundo, con una imagen fija: la de nosotros mismos en nuestra máxima belleza, imagen idéntica al cuadro de Narciso mirando hacia las aguas cristalinas del estanque donde en sus profundidades habitan los lagartos.