Pronósticos

Pronósticos
Iván Hernández
Llegó un día en que un señor cercano a la edad mediana, de ingresos medios, un poco gordo, medio calvo, mitad eficiente, mitad perezoso, fue poseído por los pronósticos. Ese día cayó una tormenta. El señor llegó empapado a su portal y la imagen terrorífica que vio en el espejo del ascensor se desviaba tanto de la imagen media que tenía de sí mismo, que decidió aficionarse a toda clase de predicciones para evitar que aquella visión se repitiera. Primero se volvió aficionado a la meteorología y la bolsa. Luego compró una radio de onda corta para conocer el futuro de países remotos y se suscribió a varias revistas científicas. Para controlar “su entorno”, leyó con cierto estupor los diarios de su esposa y mandó espiar a sus hermanos. Se mandó a espiar a sí mismo por si acaso le daba por olvidarse lo que hacía. Aprendió a ganar dinero apostando a los caballos y a las quinielas. En una ocasión sonó su teléfono un sábado por la mañana. La voz al otro lado le preguntó si no deseaba mejorar su vida con un seguro y él, como erudito de las cláusulas, todavía modorro, rebatió una a una todas las medias verdades de su interlocutor, que por primera vez en su vida, colgó antes que su cliente. Fue feliz varios años. Para su desgracia, no era lo suficientemente viejo como para evitar lo que luego le dio por llamar “el proceso de aceleración”.
   Las predicciones que tanto lo excitaban empezaron a rozar peligrosamente el presente. Si asistía a una librería, le saltaba una alarma que le advertía del libro que desearía comprar. Cualquier sobresalto corporal era marcado como “zona quemagrasas” en su smartband, de modo que ignoraba si su actividad lo ayudaría a adelgazar o estaba desarrollando una arritmia. La nevera de última generación que había comprado con una de sus exitosas apuestas en el hipódromo le avisaba con un pitido muy agudo de que sus niveles de calcio estaban en peligro si no reponía la leche. Su afición a las aplicaciones radiológicas 3D, que le mostraban en tiempo real el funcionamiento de sus órganos, alteró también el funcionamiento de sus sentidos, que se habían vuelto hipersensibles al deterioro y la caducidad de todo lo visible y lo invisible. No podía evitar calcular los signos de enfermedad en la piel de un pensionado sentado en la parada del bus, o los gestos faciales que indicaban ansiedad en el adolescente que pasaba en patinete. Todo para poder prevenir lo que sucedería a continuación.
   Llegó el día en que le fue ya imposible habitar el aquí y ahora. Decenas de alarmas electrónicas, o de sus propios sentidos, destrozaron su rutina. Concluyó con horror que el futuro se había fundido con el presente y de forma muy ingenua, se deshizo de los móviles y las smartbands. Nada quedaba de la alta autoestima de aquel funcionario que, mientras recogía las mierdas de su perro, se soñaba a sí mismo en un escenario, hablando de su genio futurológico frente a cientos de personas, el único brillo en aquella penumbra azul del auditorio su camisa blanquísima.
   Deshacerse de sus apéndices electrónicos no funcionó, como debería haber previsto él mismo. Los oídos le siguieron pitando a modo de alarmas, y las piernas le vibraban como si llevara en el bolsillo del pantalón un móvil imaginario. Fue así como el antiguo cazador de pronósticos se convirtió en un consumado urdidor de esperas. La espera, se dijo, es la única forma de abolir un futuro para crear otro. “Esperar y esperar, a ser posible en un sillón mullido, hasta que pase otra cosa distinta de la que uno prevé o, de lo contrario, hasta que suceda lo previsto y uno crea que ha pasado otra cosa”.
   Para ser absolutamente fiel a sus nuevos principios, para no romper la “cadena de imprevisibilidad”, tomó la decisión de no contar a nadie lo que sucedió en su vida después de esperar, es decir, de quedarse quieto. Dejó de contestar el teléfono, dejó de hablarle a su esposa, dejó de encender el ordenador del trabajo, y solo permitió que un acontecimiento externo — un incendio, un requerimiento judicial, una moneda al aire — lo sacara de casa. La poca gente que lo ha visto desde entonces jura que está casi igual, solo que la invisibilidad que le daba la medianía que regía su vida en general, y su cuerpo en particular, ha desaparecido. Ahora la gente lo mira, aunque no sabe qué pensar de él. Quienes ya lo conocían aseguran que sólo está un poco más sucio, que su mirada se ha vuelto más desafiante y que le flota en la cara una sonrisa leve, inalterable, medio rara.